Alghailani les leía cuentos en la arena, en uno de los barrios más alejados de la dispersa Ausserd. Entonces no había aún más que un autobús desvencijado convertido en bibliobús que no podía circular más que por terreno abierto y llano. Servía, eso sí, para recorrer la wilaya y recoger a los primeros niños que se apuntaron a un club de lectura. A Alghailani lo había puesto al día Candi, que viajó a Ausserd cargada de ilusiones; entre ellas que aquel joven delicado y tan soñador como ella, hermano de Ali, el niño que llevaba varios años pasando sus vacaciones en paz, en casa de Candi y Juanma, se convirtiera en bibliotecario. Nada menos. ¿Cuántos niños y niñas escucharían sobre la alfombra Nadarín, Frederick, A qué sabe la luna? Ni la luna lo sabe.

Pero había entre ellos una chica pequeña con ojos como faros. Escuchaba a Alghailani fascinada y aprendía a leer con sentido. Tal vez ni siquiera se hacía notar mucho. Pero en su pecho anidaron los cuentos, y crecieron, y siguen creciendo.

Hace ya más de tres años, con la primera biblioteca de Ausserd ya funcionando y con Alghailani trasladado a Bojador,  había problemas para acompañar a Ahmed, un excelente bibliotecario que necesitaba una compañera que sustituyera al “emigrado”. Y apareció Gajmula, toda fuerza y vitalidad, llena de ideas, una chica que se sintió redimida integrándose en el Bubisher para hacer crecer a una nueva generación, una mujer florida que creó el primer jardín quitando cascotes del suelo, buscando taljas y adelfas donde no las había, pero encontrándolas. La “culpable” de que desde España se decidiera mejorar su biblioteca, situarla en un lugar más adecuado, trasplantar su jardín del Edén a un patio sombreado y fresco. Y así, cuando se iba concretando aquel proyecto, hizo falta alguien que la acompañara. Numerosas candidatas, como siempre. Y entre ellas una que casi parecía una niña, menuda, con ojos como lunas. Era Galuha, aquella Galuha que de niña fue del club de lectura sin hacerse notar demasiado. Pero que nunca dejó de soñar con hacer lo mismo que Alghailani, que tanto le había sembrado. Ni en el colegio, ni en el instituto, ni luego estudiando en Argelia. Exhibió sus títulos y su sonrisa tímida, pero sobre todo aquel amor de niña que la había llevado allí, a aquella mesa en la que se elegía nueva monitora. Y fue ella, claro, quién si no, la elegida. Hoy derrama dulzura en cada cuento, en cada caricia, en cada préstamo, en cada ayuda a una mano que dibuja la primera palabra.

Para los que estamos aquí, y aquí luchamos para que el Bubisher exista, es vitamina pura: ver a una niña de hace diez años convertida ahora en monitora, en bibliotecaria. Es sentir que tanto esfuerzo ha merecido la pena, que se cierra un círculo pero se cierra en espiral, que esa niña que la abraza en la foto tal vez también cumplirá sus sueños, sean estos los que sean. Que hay en el corazón de la nueva biblioteca de Ausserd un jardín en el que crecen los sueños junto a las moringas y los crisantemos.



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