Cuando el calor apretaba y la electricidad no llegaba a los campamentos, cuando todas las cubas eran metálicas y el agua hervía en ellas durante el día y se mantenía caliente en la noche, había que echar mano del ingenio para poder beber.

De la misma manera, cuando no había teléfonos móviles ni televisores, la fórmula para beber cultura no era otra que la de escuchar las historias que se contaban en las jaimas.

Hoy, por suerte, en casi todos los campamentos hay luz y en todos, frigoríficos y posibilidades de conectarse con el mundo a través de teléfonos y televisores. El agua es más fresca en los duros días de calor y el contacto con la información está al alcance de las manos.

Sin embargo, transformar esa información en conocimiento es un proceso complejo que requiere formación. Y aquí es donde los libros y el papel que juegan maestros, monitores y bibliotecarios adquieren una importancia excepcional.

Si el agua es imprescindible para el cuerpo, la lectura es imprescindible para el espíritu. No importa el continente de la una, ni el soporte de la otra, lo realmente importante es beber





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