Artículo publicado en el Boletín n.º 73 de AEDA – Bibliobuses y bibliotecas ambulantes, un servicio cultural de proximidad

 

El pueblo saharaui es hijo de la palabra. Hijo de los versos, de las leyendas, de los cuentos. Allá donde iban con sus jaimas, auténticas casas veleras, esa palabra les proporcionaba una historia común, una relación mágica con el paisaje y sus nubes, con sus dromedarios, con sus estrellas, sus ángeles y sus djunn, los genios del desierto.

Cuando hace ya 43 años tuvieron que abandonar su tierra ancestral, cuando los djunn de la traición, el olvido, la codicia y la geopolítica les condenaron a vivir en el exilio, en una tierra extraña y ajena, la odiosa y terrible hamada argelina, solo la palabra les mantuvo unidos. Unidos a sí mismos y a su esencia. En las improvisadas jaimas abuelas y abuelos contaban, madres y padres repetían, e hijas e hijos aprendían. Así ha sido siempre, y así seguirá siendo, se decían. Pero la ola de la modernidad llegó también a la hamada, y aunque la enseñanza ha sido una obsesión para ellos, aunque niñas y niños están escolarizados, no había capacidad para ofrecerles bibliotecas y libros que los incorporaran a la cultura global, y la narración oral comenzaba a ralear en las jaimas, algo a lo que no ayudó la larga ausencia de los que optaban por irse a estudiar a Cuba y otros países lejanos.

Así nació el Bubisher, para tratar de suturar ese corte del hilo invisible que ligaba a los primeros poetas que dijeron en verso “somos habitantes del desierto, somos saharauis” con toda la cultura moderna. Es sabido (y si no lo repetimos con mucho orgullo), que aunque la idea de ofrecerles acceso a esa cultura ya anidaba en nuestras mentes, fue un niño de un colegio gallego el que le dio forma a aquellas vagas intenciones: “¿Y si llevamos un bibliobús a los campamentos?”. Y lo llevamos, hace ya casi once años. Una biblioteca rodante con 1.600 libros en castellano, con el propósito de recorrer la cincuentena larga de centros escolares de los cinco campamentos, las jaimas, los barrios más alejados. Al principio fuimos voluntarios españoles, ingenuos e incansables, pero a todas luces insuficientes para calmar la sed de historias de aquel mar de niños curiosos e inquietos.

Estos largos diez años son toda una historia de ensayos y errores, en los que poco a poco se fueron incorporando voluntarias saharauis, a las que pronto dimos formación bibliotecaria y de animación lectora, y un sueldo digno que valorara su entrega y que las responsabilizara en los cumplimientos de horarios y obligaciones. Y en ese proceso nació primero la biblioteca fija de Smara, como “nido” del bibliobús Bubisher (que debe su nombre al pájaro de la buena suerte del desierto), y más tarde otros tres “nidos”, otras tres bibliotecas fijas, y una flotilla de cuatro bibliobuses en total. Cuando se consiga levantar la quinta biblioteca y adquirir el quinto bibliobús, el Bubisher habrá completado sus objetivos: que el cien por cien de los refugiados saharauis tengan a su alcance la cultura escrita, en castellano y en árabe, con más de diez mil ejemplares debidamente informatizados.

 

Y es que para el Bubisher es imprescindible preservar la gran herencia oral saharaui, pero también acceder a la cultura global, e impulsar la creación de una narrativa y una poesía modernas, capaces de incorporar al Sáhara a la modernidad. Cada día escolar, los cuatro bibliobuses visitan cada uno una escuela o dos, para hacer lecturas o recoger los cuentos y leyendas que, poco a poco, iban siendo enterrados por la arena, por la duna del olvido.

Un día paseaba por el cementerio de Smara. Es inmenso, una explanada erizada de piedras. Y debajo de cada una yacía mucho más que un libro, todo un cordón umbilical repleto de historias, de poesías, de leyendas. Me senté a calcular, pedí ayuda, y llegué a una conclusión desoladora: hay más muertos en los cementerios de los cinco campamentos que vivos en sus jaimas. Una tragedia terrible, porque todos ellos murieron en el exilio, lejos de su verdadera tierra, en una hamada prestada de la que se corre el riesgo de que no nazca nada nuevo.

Por eso el Bubisher tiene que retomar ese hilo, sí, pero sobre todo tiene que empezar a tejer una nueva cultura, hija del desierto, pero también madre del futuro.

Ese es el papel que se les asigna a las veinte bibliotecarias y bibliotecarios que trabajan en el proyecto. Ir a las escuelas, sembrar en todos los escolares las viejas y las nuevas historias, e invitarles a acercarse a la biblioteca por la tarde (o ir a recogerles con el bibiobús si viven lejos), para trabajar en ellas en clubes de lectura y escritura, poesía, teatro, fotografía, cine. Cuando llueve en el desierto fértil (la badía), nace la hierba. Los campamentos son eso, semillas esperando el riego de la cultura para volver  florecer.

Por todo eso, el Bubisher ha completado su filosofía (hasta hoy, quién sabe qué hallazgo nos espera) con la edición de libros. Libros propios, claro, libros escritos por ellos mismos. De momento con nuestra ayuda, la de los escritores españoles y las bibliotecarias saharauis. El niño de luz de plata, escrito por Gonzalo Moure, sí, pero ideado por los niños (sobre todo las niñas) del club de lectura de Farsía. Y muy pronto Agua y Arena, redactado por Mónica Rodríguez, pero también ideado por las niñas y niños de otro club de lectura de la biblioteca de Smara. Y, antes, Ritos de Jaima, del poeta saharaui Limam Boisha. Y pronto también un libro que recoge leyendas tradicionales. La idea es que estos libros sean como cerezas en la cesta enorme de la imaginación de los niños saharauis, que de esos cuatro libros se prendan otros diez, veinte, cien. Escribir no es fácil, requiere conocimientos que ellos aún no tienen. Darles las herramientas, sí, pero sobre todo hacer crecer en ellos el deseo de saber manejarlas. Que lean y quieran aprender para llegar a escribir, a crear.

Estos libros son, además, el fruto de una idea: que su edición y venta haga posible seguir manteniendo el proyecto: la construcción de bibliotecas fijas, la creación de bibliotecas escolares para las escuelas y los barrios más alejados, los sueldos de las bibliotecarias y bibliotecarios saharauis, el mantenimiento o reposición de los bibliobuses. Y lo estamos consiguiendo. La última biblioteca, en Dajla, el campamento más alejado y castigado de los cinco, fue posible por las manos de muchos, sí, pero en especial por la venta de El niño de luz de plata.

Ahora nos lees, y seguramente piensas que todo lo que te hemos contado es hermoso. Y lo es porque es de muchos, porque sin cada uno de ellos, de nosotros, de ti que nos lees, no sería posible. Muchas personas trabajan en España todos los días en sintonía con las muchas que trabajan en los campamentos. Aquí hacemos posible que el motor de arranque del bibliobús funcione, pero de nada serviría sin Gajmula, Brahim, Alghailani, Medje, Suadu, Gigi, Hassana, Marmada, Ebnu, y un largo etcétera, cada día más largo. Y al revés. Y ni unos ni otros estaríamos unidos en el mismo proyecto sin la mano de aquel niño gallego que reclamó un bibliobús para los campamentos, ni sin las manos generosas y solidarias de los niños de decenas de colegios e institutos españoles organizando mercadillos, teatros, carreras o almuerzos populares. Sí, mano con mano. Hilos restañados. Hilos nuevos. Un tejido limpio y luminoso.

Gonzalo Moure, vicepresidente de la Asociación Escritores por el Sáhara Bubisher.

Más información en www.bubisher.org y www.bubisher.com

Pedidos de libros en pseguratorres@hotmail.com

Voluntariado en voluntariosbubisher@gmail.com

Exposiciones y actividades en taquete_12@hotmail.com





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