Actualizado 01/08/2018 18:07:35 CET

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MADRID, 30 Jul. (EUROPA PRESS) –

   Arbi y Naser-ala tienen 11 y 12 años, son saharauis y viven en campos de refugiados en Tinduf (Argelia). Este es el segundo verano que pasan en España acogidos por David. Son dos de los 23.173 niños que en los últimos cinco años han dejado el desierto durante los meses de julio y agosto con el proyecto ‘Vacaciones en paz’. Los principales objetivos del programa es que puedan someterse a revisiones médicas, que conozcan una nueva cultura y que accedan a una dieta equilibrada.

   Cuando cumplen 13 años tienen la posibilidad de acceder al programa ‘Madrasa’, que les ofrece la opción de estudiar la ESO en España con una familia de acogida. En este caso los pequeños vienen durante el año y en verano regresan a sus hogares para pasar las vacaciones.

   La vida en los campos durante los meses de verano se encrudece llegando a alcanzar los 50 grados de temperatura. Estas condiciones “limitan las actividades de los niños que prácticamente hacen vida por la noche”, señala David Jiménez, coordinador del proyecto en Madrid y padre de acogida.

    El español es la segunda lengua oficial de los saharauis y potenciar su conocimiento para mejorar en sus estudios es otro de los puntos importantes del proyecto. Durante su estancia, conviven con las familias, van a la playa y participan en campamentos.

   El contacto con la familia de los menores mientras están en España es constante. “Todos los viernes les mando fotos y vídeos a mis padres de lo que hemos hecho y me gusta mucho”, cuenta Naser-ala que tiene 12 años y es el segundo verano que viene a España acogido por David.

   Los niños se convierten en embajadores del pueblo saharaui acercando la realidad a la que están expuestos en los campos de Tinduf. “Tienen muy buena acogida en nuestro entorno”, señala Jiménez, “ayudan a que más personas sean realmente conscientes de su situación”.

   La relación entre los padres de acogida y los pequeños se mantiene durante todo el año; realizan videoconferencias y envian ayuda humanitaria para que el seguimiento de los menores y sus familias sea lineal y no se limite a dos meses de convivencia.

   “Son una segunda familia a la que no conocemos pero a la que sentimos muy cercana”, añade Jiménez.

   Según cuenta el coordinador, “en contra de lo que todo el mundo piensa, el último día los niños están felices”, explica, “las lágrimas en el aeropuerto suelen ser de los padres y las madres de acogida”.

   Los pequeños se despiden hasta el año que viene con maletas cargadas de ayuda humanitaria y de recuerdos que Arbi y Naser-ala están deseando compartir con sus familias.





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